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| Diccionario virtual |
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Me tropecé con la realidad dentro de un mundo virtual, al menos para mí. Fueron definiciones que con el tiempo aprendí, tal como hace un niño que se aprende un texto para un examen. Un putter pudo haber sido un driver y un tee pudo haber sido un té. Y así, aprendí al menos que el handicap no es un handywipe para limpiar los palos. Atenta, escuchaba los términos que nacían esporádicamente en cualquier conversación y fui creando mi “propio” diccionario golfístico. Más la teoría y la práctica son dos cosas muy distintas. Y para poder “practicar”, dubitativa, sólo me entregué al golf en el Nintendo Wii. Estupefacta y anonadada. Más adelante, mientras aquel viento me despeinaba me sentí en Disney, aunque en realidad estaba por vez primera en un campo “real”. Un desfile de Ralph Lauren, Lacoste y Adidas avanzaba a los carritos alineados a punto de despegar. Y fue un poco como me lo imaginaba cuando retocaba fotos de los torneos. Miraba la pantalla como si alguna vez esa foto pudiera convertirse en un elemento multimedia, que me enseñara cómo luce en realidad.El verdor del campo me consumió la vista. En un monólogo interno describí mis propias sensaciones al estar allí. Vi el golfista concentrado en hacer “su mejor tiro”, destinado a enviar su bolita a donde sabe Dios le tocaba enviarla. Mi cerebro parecía mecanografiar toda aquella información que iba adquiriendo minuto a minuto, en silencio. Mi notable entusiasmo no se sosegó al ver lo que más ansiaba. De pronto, allí, dentro de aquella pintura ridículamente hermosa, se dibujaba un contorno suave pero marcado, de una trampa de arena. Quise fotografiarlo de todos los ángulos. Imaginé cómo se divertirían aquellas manos responsables de tan curioso elemento. Rompía con esa monotonía mientras yo seguía absorta en mis pensamientos. En mi cabeza continuaba mecanografiándose cada escena de aquella hermosa pieza de teatro mágicamente orquestada. Cada movimiento, cada minuto de silencio y cada expresión se convertía en un aliado para mí, un aliado que me ayudaba a entender. Podía deducir tanto de cada pieza que observaba, era como un baile grácil y distante que me acercaba más a aquello que anhelaba conocer. En un momento dejé de sentirme como la niña que su padre le permite poner sus pies encima de los de él para enseñarle un baile. Sentir que sabía un poco más me satisfizo. Una golfista no parecía, pero al menos sentí el golf. El carrito me paseó por el campo y los bunkers se apoderaron de mi vista. Seguí añadiendo términos a mi diccionario personal de golf. No se compara al más reciente de la Real Academia Española pero sí puede pasar como pocket dictionary para llevar en la cartera, ése que uno “saca” a veces para salir de aprietos. Y con mi control inalámbrico de Wii en la mano, un paquete de baterías alcalinas en la otra, y mi pocket dictionary muy cerca, me dedico a pasar una tarde de golf, sin caddie, sin viento en la cara y descalza.
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| Actualizado ( Viernes, 20 de Febrero de 2009 23:49 ) |






